martes, 21 de mayo de 2013

Lluvia de agosto......Jordi de Miguel

                                                                                                           No es el amor quien muere,
somos nosotros mismos. 
[…] 
muertos en pie, vidas tras de la piedra,
golpeando impotencia,
arañando la sombra
con inútil ternura.

No, no es el amor quien muere. 

LUIS CERNUDA, Donde habite el olvido

Foto: www.bligoo.com
Sara se levantó del taburete y hasta creí descubrir un asomo de ternura en sus ojos de azabache. Amelia y los noruegos la esperaban al lado del guardarropa. Me dejó una respuesta afirmativa a la invitación (“Nos vemos el viernes, ¿vale?”) y un beso quemándome la boca. Nunca la había visto tan guapa y ojerosa. La seguí con la mirada hasta que se perdieron de vista, casi a cámara lenta, escaleras arriba.
         Bueno, a mí también me esperaban: en la calle Ferran aguardaba mi viejo Renault 7, un armatoste de refulgente azul metálico con el tubo de escape resquebrajado y un elegante capó marengo que lucía un aguilucho negro (se lo había tenido que cambiar, y no hubo manera de encontrar otro del mismo color), en el que destacaban las cicatrices de dos profundas heridas: una frontal, en la esquina derecha, que lo había dejado tuerto: me había cargado el morro, el faro y el intermitente de ese lado, y el parachoques, hundido también por aquel lugar, parecía a punto de desplomarse (bueno, en realidad estaba estratégicamente sujeto con dos gomas para el pelo de Sara —que aportaban un bonita pincelada fucsia al conjunto—, y de momento aguantaba bastante bien); y otra lateral izquierda, menos cruenta, que había rayado la puerta delantera y abollado la trasera. Mi coche se había convertido en una hermosa metáfora de la derrota y la agonía. Y pensé que las personas no nos diferenciamos mucho de los automóviles viejos: si te fijas bien, también puedes ver las huellas de los estragos que nos ha causado la vida.
         Y las ciudades tampoco se libran del inclemente paso del tiempo, por mucho que intenten disimularlo, como esa esclerótica meretriz de geriátrico en que se ha convertido Barcelona. La ciudad condal se había gastado todo el dinero que tenía y más en hacerse un trabajo completo de cirugía estética y recauchutado, que buena falta le hacía: había rejuvenecido un siglo y ahora se veía preciosa cuando se miraba en el espejo o se comparaba con las viejas hetairas de la anciana Europa, así que había decidido que se merecía recaudar mucho más por sus servicios. El único problema es que ya no podía reconocerse a sí misma: le había quedado una sonrisa imperturbable, artificial, fría y estática, que no sólo no correspondía con su auténtico estado de ánimo —el de sus ciudadanos—, sino que le imposibilitaba la expresión de sus verdaderos sentimientos. 
         La sonrisa idiota de una mascota olímpica.


Empezaba a llover. Gotas grandes, espaciadas en el tiempo, caían oblicuamente sobre el parabrisas y se deslizaban hacia abajo, despacio, mezclándose con las múltiples generaciones de polvo y mugre que atesoraba el cristal. 
         Era una lluvia blanda, desganada, incapaz de acabar con el insoportable bochorno que atenazaba a la ciudad, y que apenas podía aspirar a disimularlo un poco, del mismo modo que las palabras son incapaces de modificar los actos de los hombres y sólo pueden maquillarlos tenuemente. Del mismo modo que las excusas atropelladas de Sara (“Lo siento… Yo…”) no podían ocultar la certidumbre de la ruptura. Tal vez por eso no le había dicho nada: había preferido resignarme a la evidencia. 
         No paraba de llover, pero era una lluvia pobre, mezquina: cuatro goterones que golpeaban suavemente sobre el vidrio y eran barridos por el limpiaparabrisas, a través del cual casi me parecía verla: Sara, semidesnuda, el pelo negro más revuelto que nunca, mirando hacia la plaza Reial por una sucia ventana de la pensión Colom, a través de la misma llovizna que ahora se estrellaba contra la luna del coche. Una lluvia triste, miserable, como la estúpida cantinela sin sentido que musitaban mis labios (“sa-ra-tek-ie-ro-tek-ie-ro-tek…”), como las lágrimas que asomaban a mis ojos, una lluvia destinada a perderse a borbotones por las alcantarillas del olvido, como las vidas de todos nosotros.

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