miércoles, 15 de febrero de 2017

El bisabuelo......Beatriz Marín

Foto: Lee Jeffries, Homeless
Hoy el bisabuelo ha cumplido 185 años. Lo celebramos de forma discreta, como una de esas misas aniversario en las que la gente no sabe si sonreír o parapetarse tras unas inútiles gafas de sol. Yo, la verdad, me alegro de tenerlo con nosotros, pero él no comparte mi opinión. Ha visto morir a todos sus hijos y nietos, y a muchos miembros de mi quinta. En su décimo cuarta década atravesó una profunda depresión que lo llevó a intentarlo todo: salto desde un quinto piso, ingesta masiva de somníferos, ahorcamiento... incluso se ató a sí mismo a una vía muerta, hasta que fuimos a rescatarlo y recordarle de paso que hacía casi cien años que  el tren no pasaba por la zona. Salvo este último episodio, que quedó en una anécdota familiar, el resto se saldó con minúsculos rasguños y una ligera indisposición estomacal. Realizó todavía un último intento con un abrecartas recuerdo de Toledo, pero fue casi un acto de rendición poética, y a partir de entonces se resignó a su suerte.
          El bisabuelo es un tipo discreto, han venido a buscarlo de las televisiones de todo el mundo y él nunca ha querido dar una entrevista. Mi sobrino Antonio sostiene que debe tener miedo a que su caso llegue al Parlamento y acaben por retirarle la pensión. Tampoco es un caso único, hay varios foros de Internet con personas en su situación, incluso una página de citas online para aquellos que buscan un compañero con el que compartir la eternidad. Pero el bisabuelo es alérgico a las relaciones largas, después de todo, quién puede culparlo.
Él ya vio mucho mundo y conoció grandes historias. Sobrevivió (aunque en su caso el término resulta redundante) a tres guerras mundiales, vio la llegada de la mujer a la Luna y a un presidente ateo en la Casa Blanca. Recorrió modestamente todos los lugares que le interesaron y alguno más que se cruzó en su ruta para concluir con tristeza que cuando uno tiene una vida interminable por delante, bien puede sentarse en la puerta de su casa y esperar a que sea el mundo el que pase frente a él.
Lo que al bisabuelo de verdad le gusta es visitar cementerios. Es lógico, allí se reencuentra con sus viejos amigos, pero además, y esto lo sé porque me confió el secreto, cuando nadie lo ve, se tumba sobre una lápida y fantasea con que es uno más de los que allí las habitan. Al poco se aburre del juego, se levanta apesadumbrado, sacudiéndose el polvo, y se despide en silencio de sus callados colegas.
Por eso hoy, cuando después de la tarta ha ido a echarse un rato, no he querido molestarlo. El resto de los presentes le suplicaban anécdotas y hasta un brindis, pero el bisabuelo ha hecho un gesto con la mano para indicar que la fiesta siguiera sin él. Diez minutos después, tras esquivar a un par de parientes borrachos, me he acercado hasta su cuarto. El bisabuelo yacía dormido boca arriba, con una sonrisa juguetona en los labios. Creo que esos momentos son para él lo más parecido a la felicidad. Allí, tumbado sobre su cama, coquetea durante unas horas con la dicha imposible de la finitud, y yo, mientras lo contemplo, rezo al Dios de los mortales (que aún no sé si es el mío) por que mis 102 años sean sólo el resultado de una vida tranquila y una alimentación cuidada, y no la prueba incontestable a una condena genética a la perpetuidad.

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