miércoles, 26 de abril de 2017

Eran menos de las ocho de la mañana (Segunda parte)......Albert García Soler

Foto: JBS Mens Underwear
Justo en ese momento salió un tipo desnudo del lavabo, era evidente que acababa de dejar la ducha. Parecía casi tan sorprendido como yo un instante antes, pero él sí fue capaz de reaccionar y parapetarse detrás de la puerta del lavabo. Saludó con un hola que denotaba lo incómodo de la situación. A mí aún me dolía la pierna y la situación me sobrepasaba. Por suerte, Marta me cogió del brazo, me arrastró fuera, cerró la puerta del dormitorio y me dijo muy seria:
Creo que será mejor que nos vayamos discretamente.
Yo estaba aturdido. Respondí que sí, pero cuando giré la mirada hacia la salida me topé con los efectos de mi entrada triunfal. La puerta estaba tirada por el suelo. ¡Hecha puré!
          —Ahora ya casi mejor nos quedamos. No me puedo ir dejando esto así —le dije, señalando el destrozo.
Nos pusimos cómodos en el sofá. A Marta le dio por mirarme y sonreír. Pronto empezó a carcajearse. Acabó por contagiarme a mí. Cuando al final salieron de la habitación nuestros Adán y Eva, eso sí, en versión expulsados del paraíso, es decir, totalmente vestidos, acabamos riéndonos los cuatro. En realidad, la cosa tenía su gracia. Yo fui el primero que consiguió calmarse y decir algo:
Perdonad, pensaba que algo terrible te había pasado. No… —se me acabaron las palabras. Por suerte, Marta me ayudó:
Sentimos lo de la puerta.
Por supuesto, yo me encargo de ponerte una nueva. ¿Mejor blindada?...
Las risas quitaron algo de hierro a la de por sí bastante tensa situación que mi estupidez había provocado.
Se ha de reconocer que tu jefe se preocupa por ti —intervino “Adán”. ¡Ah! Me llamo Luis. ¿Tú eres Toni, no? ¿Y tú? preguntó dirigiéndose a mi chica.
Marta.
La verdad es que pensaba llamarte, pero estaba muy ocupada… —me dijo Laura. Todos nos quedamos callados, conteniendo la risa... Laura siguió hablando—: ¿Y si fuésemos a trabajar? Luis tiene fiesta, pero...
No te preocupes —la interrumpí—. Tómate unos días libres. La verdad es que no has cogido una baja desde que nos conocemos. Si te veo el pelo por la oficina antes del próximo lunes, te despido. No hay más que hablar. Por cierto, ¿tienes unas Páginas Amarillas? Me gustaría solucionar lo antes posible lo de tu puerta. Estaban a la vista, sobre la mesa del teléfono. Las cogí, busqué una dirección y llamé. Me dijeron que esa misma mañana se pasarían y por la tarde estaría instalada. Me quedé mucho más tranquilo.
Marta y yo nos fuimos. El ascensor seguía estropeado. Mientras bajábamos las escaleras, me paré a pensar un poco en Marta y en mí. En realidad éramos unos completos desconocidos, ella se acababa de enterar de mi nombre. No sabíamos nada el uno del otro, pero sin embargo… La cogí de la mano:
¿Pasa algo si no vas a trabajar?
No creo que mi padre me despida.
¿Trabajas con tu padre? No me contestó. Sacó el móvil del bolsillo y marcó un número.
¡Hola, soy yo! Hoy no podré venir, me ha salido algo… Hasta mañana. Un beso.
¿Era tu padre?
No, mi secretaria. ¿Así que Toni? —preguntó ella, cambiando de tema. 
No le dije nada. Me limité a mirarla a los ojos. Nos quedamos observando un momento y finalmente comenté con toda la cara de pillo de que fui capaz:
Yo no tengo hambre.
Marta se rió y dijo:
Yo sí. Cuando ya había conseguido cambiarme la cara, añadió: Será mejor que vayamos andando. Pasear un poquito seguro que me abre el apetito.
Seguimos caminando, sin prisa. Empecé a pensar en lo que me había pasado en sólo un día. Todo había ido muy rápido y habían sucedido muchas cosas. Mi vida estaba dando un vuelco, o al menos eso creía yo. Todo era nuevo, pero nada me parecía extraño. Las cosas simplemente fluían sin necesidad de hacer ningún esfuerzo.
Vayamos a mi casa, está aquí al lado Desde luego, no me cuadraba que viviera por allí con la línea de metro en que la conocí. En ese momento tenía otras prioridades, y la proximidad de su casa me pareció una gran noticia.
Su piso quedaba, efectivamente, muy cerca. Hacía mucho tiempo que no estaba tan nervioso. Por suerte, ella se mantenía mucho más serena que yo. La verdad es que fue algo fantástico, pero si esperabais pelos y señales, os vais a quedar con las ganas. En esta vida aún hay cosas demasiado íntimas como para airearlas ante un puñado de lectores morbosos. Después de hacer el amor, nos quedamos dormidos, abrazados... Me desperté con Marta entre los brazos, acurrucadita. Su cuerpo desprendía un olor maravilloso. Le di un beso en la mejilla. Se despertó, se dio la vuelta y, sin abrir los ojos, me preguntó:
¿Repetimos?
Me recordó un anuncio de natillas. La asociación de ideas era obvia. De nuevo la comida se interponía en nuestra vida sexual. El estómago me dio señales inequívocas. Necesitaba comer algo.
Lo siento, tengo hambre.
¡Eres el romanticismo personificado! Me lanzó una mirada de desaprobación que rápidamente cambió por un resignado "¡Vamos a la cocina, Triki!".
Se lo agradecí con un largo beso. Una cosa nos llevó a otra, hasta el punto de acabar aplazando la comida para dar respuesta a otras urgencias fisiológicas. Bien está lo que bien acaba. En este caso, todo terminó con un fantástico almuerzo. Mis tripas dejaron de rugir y en la cara se me dibujaba una sonrisa.
¿Sabes? —le dije.
¿Qué?
No hemos usado nada... ¿No...?
No. No tomo anticonceptivos.
Vaya… Me quedé perplejo, se me aceleró el pulso de forma brusca... ¿Y si estaba embarazada? En realidad, la idea de ser padre no me desagradaba en absoluto. La miré fijamente y, con una gran sonrisa dibujada en la cara, le dije: Aún no se aprecia en tus ojos el resplandor prenatal.
La cosa no va tan rápido. Dales tiempo a tus soldaditos, se están organizando... ¿Vamos a la bañera? No le pude decir que no. La verdad es que empecé a plantearme seriamente las tesis del taoísmo. Cada vez me sentía más incapaz de llevarle la contraria. Aquella mujer estaba consumiendo mi energía vital. El fin no justifica los medios, pero en este caso los medios justificaban el fin.

Miércoles

Cuando me desperté, ella ya no estaba. En su lado encontré una nota: “He comprado pastas. La cafetera está a punto, sólo tienes que darle al botón. Estoy en el trabajo. No te he despertado, dormías muy a gusto. Un beso, Marta”. Todo un detalle. No habíamos cenado nada y tenía hambre. Me tomé el desayuno que Marta había preparado, me duché y me fui a trabajar. Saludé a la recepcionista con una sonrisa. Ella me respondió con un tímido hola y un leve rubor facial. Me la quedé mirando unos instantes. Se puso completamente roja. Sonreí y subí a la oficina. Mi sorpresa fue comprobar que mi secretaria estaba en su puesto.
¡Qué haces aquí! —le espeté de malos modos.
Lo siento, no me podía quedar en casa. Me hubiera sentido mal… culpable…
Eres increíble…
Me pasé todo el día trabajando. Ni siquiera hice una pausa para comer. A las seis de la tarde, el hambre me derrotó y un incipiente dolor de cabeza me decidió a dejar el trabajo. Decidí telefonear a Marta. Su voz sonaba cansada:
¡Hola!
¡Hola, guapísima!
Ya creía que no me llamarías.
Pues ya ves, ¿estás trabajando?
Sí, pero ya acabo.
¿Te gustaría hacer algo?
Hoy voy a cenar con mis padres. ¿Quieres venir? Su oferta me chocó un poco, pero la verdad es que también me despertó la curiosidad.
De acuerdo. Pero antes podríamos… ¿Me paso por tu oficina en quince minutos?
Hasta ahora. Me dio un besus telefónicus en forma de despedida. Yo se lo devolví. 
          Colgué, eso sí, no sin antes cerciorarme de que ella había hecho lo propio. Me invadió el pánico. ¡Dios mío! Iba a conocer a sus padres. Empecé a temer lo peor. Mi experiencia me decía que conocer a los suegros puede llegar a ser traumático. Superando el miedo, fui capaz de dejar el trabajo y coger un taxi hacia el Edificio Manchester. Llegué bastante rápido, le pedí al taxista que esperara. A los pocos minutos, Marta salía del edificio. Bajé del taxi y agité los brazos para llamar su atención. Me vio y vino a paso apresurado. Le abrí la puerta con una reverencia. Ella me siguió la broma y me dio diez euros de propina.
Sin duda, además de guapa es usted generosa —le dije, guardándome el billete en el bolsillo. Diez euros son diez euros.
Tranquilo, ya me lo cobraré...
El taxista conducía un poco demasiado rápido. Tanto es así que acabamos por chocar con un todo terreno. El impacto fue bastante duro. Tanto Marta como yo nos quedamos incrustados en los respaldos de los asientos delanteros. Nosotros no nos hicimos gran cosa, pero el conductor impactó con su cabeza en el parabrisas. A pesar de tener  la cara cubierta de sangre, le quedaron fuerzas para salir del coche a buscar al otro conductor. Parecía dispuesto a matarlo. 
        Decidí salir del coche con la intención de evitar un asesinato. Me abalancé sobre el taxista cuando acababa de romper el vidrio lateral tras el que se refugiaba el conductor del todo terreno. Hice un ademán para sujetarlo. Lo único que conseguí fue que aquel neandental se cebara conmigo. Empezó a golpearme sin parar. Yo intenté defenderme, pero estaba claro que su cabreo superaba con mucho mi altruismo. Me siguió atizando hasta que acerté a darle una patada que convirtió sus miembros en membrillo. Me dolió incluso a mí. Supongo que ningún individuo de género masculino puede evitar la empatía en este tipo de situaciones. Se ha de ser muy psicópata para mantenerse indiferente ante tamaño dolor. Lo más increíble fue que el muy animal aún tuvo arrestos de incorporarse y dejarme sin sentido con un gancho que me impactó en la sien.

Jueves

Me desperté en una habitación de hospital. A mi lado estaba Marta. Sentada en una silla junto a mi cama, con la cabeza recostada sobre el lecho y completamente dormida. No recordaba nada del accidente ni de la paliza que había recibido. La verdad es que la escena era enternecedora. Acaricié suavemente su cabeza. Se despertó, me sonrió y preguntó:
¿Cómo estás?
¿Qué ha pasado?
El taxista te he dejado inconsciente de un puñetazo.
Me costaba de creer. Apenas recordaba haber cogido un taxi. Intentar moverme fue suficiente para percatarme de la verosimilitud de lo que Marta me contaba. Me dolían todos los huesos.
Te dio un buen golpe en la cabeza. Por lo demás, no te preocupes, no tienes nada roto. Sólo son magulladuras. Voy a avisar a los médicos.
Al momento volvió con un médico y una enfermera. El médico me hizo un interrogatorio para asegurarse de que mi memoria seguía intacta. Después me hicieron un scanner. Pretendían que me quedara ingresado para hacerme más pruebas, pero decidí irme del hospital. Firmé el alta voluntaria y nos marchamos. Ya en un taxi, dirigiéndonos hacia mi casa, le pregunté a Marta por sus padres.
¿Aún quieres conocerlos? —me preguntó.
Seguro que no pueden ser peores que el tipo que me hizo esto.
De pronto, me acordé del trabajo.
Dios mío, he de llamar a la agencia.
Tranquilo, ya los he avisado.
No tardamos mucho en llegar a mi casa. Marta insistió en que le enseñara el piso. Incluso me pidió que le mostrara el cajón de la ropa interior. Hago colección de calzoncillos curiosos. Le gustaron especialmente los más horteras, uno que tenía un caganer dibujado en la parte posterior y un pixaner en la anterior, ambos con mi cara. De repente me di cuenta.
¿No trabajas hoy?
No te preocupes, ya te dije que mi padre es el propietario.
Una lucecita se encendió en mi cabeza
           ¿El propietario? ¿Tu padre es el dueño... de Seguros Manchester?
           Sí… entre otras cosas. —Se sonrojó levemente.
Vaya…
No te molesta, ¿no?
No, pero… es que… yo creía que eras… mucho más pobre…
Tranquilo, sólo es dinero.
Ya lo sé, pero necesitaré un poco de tiempo para asimilarlo.
—¿Te importa que me pruebe tus calzoncillos? Me da mucho morbo.
Si lo que pretendía era desviar mi atención hacia otro tema para hacerme olvidar lo asquerosamente rica que era, lo consiguió. Sin esperar mi respuesta, empezó a probarse todos mis calzoncillos uno por uno. La verdad es que a ella le quedaban mucho mejor que a mí.
¿Aún estás dispuesto a conocer a mis padres?
—Para ser sincero, ahora mismo pienso más en hacerlos abuelos que en conocerlos.
Aquella misma noche fuimos a cenar a casa de sus padres. 
          Fuimos en mi coche, pero conduciendo Marta. La verdad es que yo no estaba para muchos trotes. La casa no era tan espectacular como yo me había imaginado pero, eso sí, estaba rodeada por un terreno de tamaño nada despreciable, con piscina, pista de tenis, un bonito jardín y un frondoso bosque rodeándolo todo. Dejamos el coche ante la puerta y llamamos al timbre. Nos abrió un hombre de mediana edad que supuse sería su padre. Marta y él se abrazaron efusivamente, al momento apareció su madre. Marta corrió a abrazarla. Mientras, su padre me tendió la mano y con una sonrisa me dijo:
Tú debes ser Toni. ¿Cómo estás?... Marta ya nos contó lo que te pasó. Es increíble.
Estoy bien, gracias. No ha sido más que un susto.
La madre de Marta me dio un par de besos y un abrazo.
Venga, pasad, seguro que tenéis hambre. Vamos al comedor.
La verdad es que los padres de Marta parecían muy simpáticos. Me preguntaron por mi trabajo, me explicaron anécdotas de Marta cuando era pequeña... La cena estaba siendo de lo más agradable. Al final, su padre lo soltó:
¿Sabes que eres el primer novio de Marta que conocemos? En ese momento empecé a alucinar.
¿De verdad? pregunté.
Sí prosiguió su madre—, hasta ahora no nos ha presentado a ningún chico.
¡Mamá! —protestó Marta—. ¡Por favor!
Empezábamos a pensar que se quedaría soltera. Aquí ya no sólo flipaba, no sabía donde meterme.
Bueno…
¡Mamá, por favor! Marta imploraba piedad.
A ver, Toni, ¿tú qué intenciones tienes con nuestra hija? —prosiguió su madre, sin inmutarse por las protestas de Marta.
Me gustaría que fuera la madre de mis hijos —lo dije sin pensar, aunque la verdad es que me quedé más ancho que largo. La cara de Marta era un poema, pero…
El padre se levantó y alzó su copa para proponer un brindis:
La pregunta de mi mujer se las traía, pero tu respuesta… ¡Brindo por vuestros hijos! 
¿Hablas en serio? —me inquirió su madre.
Sí Cogí la mano de Marta—. Hablo muy en serio.
La situación era de lo más surrealista. Nos acabábamos de conocer y ya bebíamos a la salud de sus nietos, los hijos de Marta y míos. Sus padres se abalanzaron sobre mí, me abrazaron y me besaron… Marta interrumpió la escena:
¿Pero se puede saber qué pasa aquí? ¿Estáis todos locos? Yo aún no he dicho nada.
¿Qué problema tienes, hija mía? —preguntó su madre.
¿Que qué problema tengo? Pues… —se quedó sin saber qué decir.
¿Quieres casarte conmigo? —le pregunté.
No contestó lacónicamente. Si hasta ese momento todo me había parecido surrealista, en aquel instante me quedé helado. Y no sólo yo, nos quedamos todos callados hasta que Marta retomó sus palabras—: ¿Estáis todos locos o qué? Nos acabamos de conocer. Ni siquiera conozco a la familia de Toni.
Es un poco tarde para eso repliqué.
¿Qué quieres decir? preguntó su madre.
Exactamente lo que parece. Están muertos
—¿Lo ves? dijo Marta. Ni siquiera sabía que tus padres habían muerto.
Me quedé muy planchado. Sabía que lo que estaba pasando era una locura, pero pensaba que se trataba de una locura compartida. Creía que ella quería tener un hijo conmigo, que estaba tan loca por mí como yo por ella. Ni siquiera usaba anticonceptivos…No sabía qué decir. Al final, Marta se levantó y salió del comedor. Su madre me hizo un ademán con la cabeza, como indicándome que la siguiera, y eso hice. La perseguí hasta alcanzarla justo cuando cruzaba el umbral de la casa.
Espera le dije—. Por favor, espera.
Perdona, pero esto es demasiado.
¿Cómo crees que me siento yo? Estoy tan alucinado como tú. Sé perfectamente que todo está yendo demasiado rápido, pero…
¿Pero qué?
No lo sé. Simplemente, estoy seguro de que no me estoy equivocando. No sé cómo decirlo, sé que no tiene sentido, pero… Me quedé con la boca abierta sin ser capaz de decir nada. 
        Se hizo un silencio de unos segundos que a mí me pareció eterno. Ella miraba hacia abajo, pero finalmente levantó la mirada y sostuvo la mía:
La verdad es que yo estoy de acuerdo contigo. Nunca hasta ahora había sentido lo que ahora siento por ti. Pero... me da miedo… no puedo evitarlo.
¿Crees que yo no tengo miedo? Mira, si tú no quieres…
No, yo quiero estar contigo, levantarme cada mañana a tu lado, tener un hijo tuyo… No le dejé acabar la frase y la besé. 
          Cuando acabamos de besarnos, oímos la voz de su madre. Nos invitaba a volver a entrar asomada a la ventana del comedor. Marta y yo nos miramos, sonreímos y entramos abrazados a acabar de cenar. Después, sus padres insistieron en que nos quedáramos a dormir. La verdad es que habíamos bebido mucho vino durante la cena, así que no nos pudimos negar. Dormimos en la que había sido habitación de Marta. Su madre me dejó un pijama de su marido, Marta aún tenía ropa en la casa… Cuando nos metíamos en la cama, me dijo:
         —Esta noche hemos de guardar soldaditos para mañana. Creo que mañana será el mejor día. Se acurrucó a mi lado y me pidió que apagara la luz. 

Continuará...

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